sábado, 23 de abril de 2016

Cineteca Nacional: El Patio de Mi Casa


El Patio de Mi Casa, una pequeña película mexicana en la que el director Carlos Hagerman construye un retrato sobre lo que significa la vegez y el retiro de sus padres, representa, al mismo tiempo y de forma contradictoria, lo mejor y lo peor del cine documental. Como aficinado del cine, por un lado, admiro la honestidad y el cariño de la propuesta, al tiempo que critico la falta de fuerza en su montaje final.

Me explico. Para mí, personalmente, un documental encuentra su mayor fuerza no solo en la historia que cuenta, sino en la forma en que decide contarla. La narración que se decide ocupar es la que forja realmente el caracter de la historia, y de esta forma influye en las emociones y sensaciones que esta logre transmitir. Aquí nos encontramos con una obra cuya historia principal, sobre un matriomonio de edad avanzada que  contempla su propia mortalidad al recordad la vida tan plena que han logrado vivir, se encuentra entrelazada con relatos secundarios que le dan contexto y contrafuerte, entre ellos destacando el matrimonio que, en completa oposición, construye su primera casa para formar familia mientras recuerda como se conocieron. De primera mano es un relato humano jugozo con el que el director puede trabajar. Ya el primer problema del documental, encontrar la historia, esta resuelto.

Sin embargo, quizás por la propia cercanía del director con los sujetos de su película, este parece retinuente a buscar avanzar más allá. No toma postura sobre lo que quiere contar, y no es tajante con lo que debe y no debe decir. Las escenas individuales, hermosas tanto en su fotografía como en su diálogo, terminan entonces desconectadas una de otras: no termina sus líneas argumentales, y no encuentra una coherencia lógica en el orden en que estas se presentan. Los personajes nos importan más porque entendemos que son seres reales que porque la película tenga la destreza para presentarlos como tal. Y eso me molesta.

Me molesta porque, personalmente, la historia vista como individuo separado de la película es hermosa e importante de contar. La mortalidad y la vejez es un tema ampliamente olvidado en el cine comercial, a pesar de que todos lo vivimos y viviremos en algún momento. La muerte de nuestros padres, al crecer cada vez más, se convierte en el punto final de una etapa de la vida y el comienzo de otra. Nuestra propia mortalidad, a los ojos nuestros y de nuestros hijos, es un asunto que se vuelve dominante en la vida. La película tenía todo para ser algo mayor, para lograr tomar estos relatos tan poco contados y explorados y crear con ellos magía. Pero no llega allí. Existe magia en agunas de sus escenas, es cierto. Pero el conjunto como todo pierde mucho cuando lo vez completo. Yo te digo que mejor quedes con lo individual, pues permite un mayor disfrute y una mayor reflexión. Como aficionado al cine, la película me emocionó y cautivo, pero nunca logro alzarme y conectar conmigo como otras lo han logrado.

Por otro lado es imposible no ver esta película, además de como un ejercicio personal, como una carta de amor a la arquitectura, especialmente aquella llamada vernácula. Los ojos del padre, Oscar, se convierten en los ojos del espectador mientras recorre las calles de aquellos pueblos indigenas tan constatemente olvidados. Nos habla de la casa indigena, de sus formas de vida que difieren de las nuestras de tantas formas. Así, la película, tan imperfecta como es, se convierte en un grito de pasión y de amor, en un relato romántico. Oscar trabaj incanzable, incluso ahora en su vejez, por la búsqueda del bienestar social. Su esposa, Doris, trabaja con niños como si suyos fueran con una pasión y un cariño que rara vez vemos en profesores actuales. Juntos se sumergen en la vida de las clases necesitadas para mejorar y para hacerlos crecer. Ella, con psicología; él, con arquitectura. Dos lados conectados y separados, pero igualmente importantes.

Como mensaje de esperanza, si se busca entender así la película, es un ejemplo extraordinario. Los ojos de los niños se iluminan, las señoras ven con esperanza los cimientos de la casa. Hay, a pesar de todo, alegría en los ojos de Oscar y Doris, hay alegría en los ojos de sus nietos, de sus hijos, de sus compañeros de trabajo. Es un relato que motiva a seguir adelante, trabajar, apoyar al prógimo. Como estudiante de arquitectura despierta tu interes en los temas sociales y en el bienestar colectivo.

Asi, la película es un hijo imperfecto de un director movido por el cariño. El resultado final no es notable por sus valores cinematográficos, sino por sus valores humanos. Como carta de amor es perfecta porque no busca ser más. Como documental es deficiente precisamente porque nunca se atreve a dar ese salto hacia adelante. Como película no dejará a nadie indiferente, pero tendrá amantes y retractores casi por partes iguales, creo yo.

¿Vale la pena darte el tiempo de verla? Si solo por las reflexiones de Oscar y Doris, sí.

Para acabar, esa música. Hermosa.

Calificación: 7.0